No sabía donde estaban -me dijo-, ni siquiera sabía que estaban. Eran muchas y muy pequeñas. Poco a poco, durante los diez meses de lucha, fueron poblando mi cuerpo.
Al principio casi no se notaban, pero poco a poco empecé a sentirme más y más cansado. Los esfuerzos cotidianos empezaron a hacerse penosos.
Lo achacaba a otras cosas, buscaba razones. Indagaba en mis costumbres, en mis acciones.
Quise acostumbrarme a vivir con ello, pero no podía. Me faltaba energía.
Llegó el momento en el que empezó a afectar a las personas que tenía alrededor.
Fueron, sin embargo, las mismas heridas causantes de aquel mal las que me salvaron. Porque cuando iba a echarlo todo a perder, me hicieron caer al suelo, derrotado. Vencido.
Entonces las vi y lo comprendí todo.
Es difícil curar las heridas cuando no sabes que las tienes.