(Toda IV tiene una III, una II y una I).lisboaLo primero que hicimos fue reservar sitio en el albergue juvenil. La habitación con dos literas que nos dieron, aunque compartida, era gloria bendita comparada con el agujero de la noche anterior.
En el balcón, un japonés tendía calcetines. Se puso muy contento cuando vio a Raúl.
Cuando nos pusimos a hablar con él, descubrimos que no hablaba ni español, ni portugués ni inglés. Debió suponer que Raúl hablaba japones y que al fin iba a poder expresarse en su lengua materna.
Haciendo malabarismos dialécticos nos contó que venía de recorrer España entera él solo y que ahora estaba haciendo lo propio con Portugal. Le dijimos que eramos de Granada y nos dijo que también había estado allí. A saber la de timos, sablazos y triquiñuelas que nuestros paisanos le habrían hecho al pobre, pensamos.
A nosotros por lo pronto, el taxista de la noche anterior nos había hecho pasar cuatro veces por la misma calle, tal y como descubrimos callejeando un poco a plena luz del día.
.turistasNos lanzamos a hacer el turista por la ciudad.
Si le preguntas a alguien que haya estado en Lisboa qué es lo más destacable, el momumento imprescindible o el sitio que no te puedes perder, seguramente no te sabrá contestar.
Plaça do comerçoLisboa es bella toda ella -qué rima tan estúpida-, son bellas sus calles, sus barrios, su aire entre moderno y decadente, su latir como urbe, sus tranvías...
Hay que sentarse en mitad de la
Plaça do Comerço, subir
Restauradores, pasar por la bella estación de
Rossio, subir el funicular de
Chiado, pasear por la
Alfama...
(1)De todo un poco hicimos aquel día. La tarde nos cayó pronto en
Belem, y a eso de las once de la noche decidimos volvernos al albergue. En metro. Craso error.
.el metro de Lisboa a las 23 horas es cosa malaNo nos extrañó no encontrarnos mucha gente en el metro. Tampoco que apareciera una señora mayor, borracha y con un vestido blanco, que nos hablaba y cantaba alternativamente, y cuyo pecho izquierdo amenazaba con salirse a cada énfasis.
Nos subimos en un vagón hasta
Marqués de Pombal donde debíamos cambiar para ir a
Picoas. Nos sentamos en el anden vacío a esperar.
En esto que aparecen cinco pakistanís y se nos sientan justo al lado.
Cincuenta sillas vacías. Tres veinteañerillos españoles con cara de turista y cinco pakistanís justo al lado sin parar de mirarlos.

Raúl era el más próximo a ellos y el que más al tanto estaba de la situación. Decidió -nos contó esto después- ponerse a apretar los puños de forma amenazadora para amedrentarlos un poco. Pero cuando levantó uno de los puños, la manga de la camisa bajó, dejando al descubierto su flamante reloj
Swatch de aluminio.
Llegó el metro y nos subimos. En el mismo vagón se subieron ellos. Mientras Raúl le daba a David la
VISA para que se la metiera en los calzoncillos, yo seguía un poco ajeno a todo aquello.
-Esta es nuestra parada -planeaba Raúl- vamos a hacer como que nos bajamos para que se bajen ellos y nos los quitamos de encima.
Nos acercamos a la puerta. Para el tren. Hacemos el amago y nos sale, ellos se bajan.
Y yo... me bajo también -qué demonios, esta es nuestra parada. David y Raúl me miran desde dentro del vagón con cara de pánico. En el último momento, se bajan también.
No fui muy consciente de mi error hasta que no nos vi corriendo escaleras arriba perseguidos por ellos. Nos iban a pegar el palo de nuestras vidas.
Pero al llegar al un rellano... creo que nunca me he alegrado tanto de ver a la policía.
Nos quedamos parados junto a los tres agentes como niños en las faldas de sus madres y los vimos pasar. Ellos nos miraron fijamente con una mirada de "vaya suerte que habéis tenido mamoncetes".
-Luigi, te mato
(Continúa AQUÍ)
(1) Sobre el urbanismo de Lisboa